La diáspora de los sueños perdidos
“Creced, multiplicaos, llenad la tierra...”, (Gén. 1,28), mandato divino tras la creación del ser humano que se compone de cuerpo y alma, tal como nos enseñarían los clásicos. Obviaremos que en lo referente a lo corpóreo el hombre lo ha tenido bien en cuenta y hoy habita por todo el globo terráqueo excepto aquellos lugares de imposible supervivencia, no sé si por convicción propia, imperativo divino o tan solo como resultado del abandono a los placeres de la carne. Hablamos de la dimensión anímica del hombre, allá donde residen las capacidades racionales. El alma ─inmortal o mortal, depende de a quien tengamos como referente válido─ nos caracteriza como seres humanos y nos proporciona conocimiento y pensamiento. Así podemos decir que los pensamientos deben crecer y multiplicarse para cumplir el mandato de la naturaleza, de... ¿tal vez, Dios? A consecuencia de ello, es misión, humana o divina, de toda persona difundir las ideas por encima de quienes pretenden coartarlas en...