Cuando La Rioja pierde su propia voz
Deja, oh Rioja, el torpe sueño en que con gusto y sin honor yacías; conoce tu interés.
Manuel Pedro Sánchez-Salvador y Berrio «Doralio» (1796)
Cada año, con motivo del Día de La Rioja, vuelvo al ordenador con la misma pulsión: escribir sobre ese sentimiento regionalista que abracé casi desde niño… Voy por los 62 y no albergo arrepentimiento alguno de mi trayectoria política. Cada año presento una tribuna de opinión con las reivindicaciones de siempre. Ser riojanista, en esencia, es vibrar con La Rioja hasta sentir dolor.
Dolor por las carencias actuales, casi las mismas que las de aquellos lejanos días de 1978: cuando cantábamos «La Rioja existe» y cuando, en Nájera, se confirmó que «La Rioja empezaba a caminar».
Porque de larga tradición decimonónica, el riojanismo no surgió como un capricho identitario o una moda pasajera. Fue la necesidad ― la necesidad siempre obliga― de hacernos visibles en un mapa rodeados de territorios más grandes y más fuertes; necesidad de defender una personalidad propia, una cultura y una forma de entender nuestra vida profundamente arraigadas en la historia y con vocación de futuro, ―demasiado tiempo diluidas entre marcos ajenos y decisiones tomadas desde fuera― y la necesidad de progresar en términos socio económicos.
Muchos creímos en la autonomía como motor de esa necesaria transformación y, sin embargo, tras cuatro décadas, uno tiene la sensación amarga de que demasiadas veces La Rioja ha ejercido su autogobierno con timidez, como si aún tuviera que pedir permiso para existir ―pobres, incluso para pedir―.
Aquí es donde el riojanismo debe dejar de ser evocación para convertirse en reivindicación, porque los déficits son presentes y tangibles. Nos falta peso político en el Estado, una financiación justa que reconozca nuestras deficiencias y una valiente estrategia socio-económica que rompa la inercia en la gestión ―La Rioja no puede seguir viviendo por debajo de sus posibilidades―.
Esta debilidad se traduce en pérdida de población rural, en éxodo de jóvenes talentos, en infraestructuras insuficientes, en un tejido industrial penalizado por el efecto frontera ―con el artículo 46 del Estatuto aún sin cumplimiento efectivo―. Se suma el deterioro de la sanidad, las incertidumbres en el sector agrario ―especialmente el vitivinícola― y el progresivo abandono del patrimonio monumental que literalmente se hunde. Incluso nuestro bien cultural más preciado, las Glosas Emilianenses, siguen aún lejos de su casa natal.
Cada 9 de junio seguimos escuchando discursos grandilocuentes mientras se pierden oportunidades de progreso. Son discursos que se repiten año tras año desde la Presidencia de nuestra Comunidad, en manos del bipartidismo imperante. Ambos partidos, PP y PSOE, imponen la disciplina de partido a sus afiliados ―incluso a sus cargos más altos―.
Frente a ello, el regionalismo riojano ha sido la voz que ha defendido nuestros intereses sin las interferencias de tutelas ajenas: las decisiones importantes deben tomarse aquí, en La Rioja, por los riojanos, sin rendición de cuentas externas. Desde esa premisa, defiendo la vía regionalista como la mejor ruta para el progreso de nuestra tierra y su sociedad.
Sin embargo, sería deshonesto no reconocer que el propio riojanismo atraviesa una etapa de declive: tres legislaturas sin diputados en la cámara regional ―inconcebible en cualquier otra región―, pérdida de peso en el ámbito municipal y la fragmentación, que han debilitado su capacidad de influencia.
Con todo, las razones que lo hicieron necesario siguen plenamente vigentes: La Rioja continúa precisando una voz propia y firme, las carencias no han desaparecido; simplemente, la mirada de quienes nos gobiernan posee una miopía política inducida desde Madrid. Uno de los síntomas más evidentes es la escasa capacidad de reivindicación; donde antes existía clara voluntad de defender lo propio, hoy predomina una actitud de conformidad. Nuestra comunidad parece haberse resignado a ocupar un lugar secundario.
El riojanismo ―representado desde el año cero de nuestra autonomía por el Partido Riojano-PR+― se halla inmerso en un proceso de desgaste ya descrito. El error estratégico de diluir siglas en coaliciones ajenas en 2023 no hizo sino acelerar la hemorragia, provocando una tensión interna que terminó por debilitar aún más su presencia institucional.
Lejos de corregir rumbo, intenta su supervivencia en 2025 mediante un funambulismo ideológico difícil de sostener. La decisión de «abrir puertas y ventanas» a antiguos militantes de la ultraderecha, bajo el argumento de sumar siglas, ha terminado por desvirtuar el proyecto. No hay principios en quien confunde el regionalismo con un mero refugio para mantener la poltrona.
Este viraje hacia el oportunismo político ha consumado la estocada final: el éxodo del sector progresista enraizado con los fundadores del partido, que ha preferido marcharse a casa antes que comulgar con ruedas de molino y validar la deriva. Lo que queda hoy es un espacio roto y desnaturalizado.
El riojanismo no nació para alimentar carreras políticas personales, sino para articular una defensa honesta y firme de los riojanos. Su razón de ser era colectiva, no individual. Cuando se prioriza la permanencia en el poder, se produce una tensión profunda entre los principios fundacionales y la práctica política.
Una nueva formación regionalista ―PLRi (Por La Rioja)― ha surgido como escisión del Partido Popular. En él se han integrado también antiguos miembros del PR+, que abandonaron la formación en 2023. El resultado es un mosaico político heterogéneo que, por el momento, no ha contribuido ni a clarificar ni a fortalecer el espacio regionalista.
La paradoja es que, mientras otras regiones han sabido fortalecer su identidad como palanca de desarrollo, en La Rioja parece haberse instalado la idea de que reivindicar lo propio es incómodo o innecesario. Se confunde prudencia con pasividad, moderación con renuncia. Y así, de manera silenciosa, se pierde terreno.
Quizá lo más preocupante no sea la debilidad del riojanismo, sino la pérdida de esperanza en su recuperación. Cada vez son menos las voces que creen posible articular un proyecto común ambicioso. Y sin esperanza, cualquier intento de transformación nace ya derrotado.
Nos queda una pregunta inevitable: ¿a quién podemos votar quienes, siendo riojanistas, no nos reconocemos en la deriva del propio riojanismo?
Y sigue pesando sobre esta tierra el «torpe sueño» que ya advertía Doralio en 1796.
Ignacio Achútegui Conde
Exmiembro
de la Comisión Permanente del PR+ (2022-2025)
Exafiliado del PR+ (2015-2025)
Dimisión y baja voluntaria en 2025

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