Cuando La Rioja pierde su propia voz. [Versión Tribuna]
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Publicada el 10/6/2026 en Diario La Rioja Deja, oh Rioja, el torpe sueño en que con gusto y sin honor yacías; conoce tu interés. Manuel Pedro Sánchez-Salvador y Berrio «Doralio» (1796) Con motivo del Día de La Rioja, vuelvo al ordenador con la misma pulsión de cada año: escribir sobre ese sentimiento regionalista que abracé casi desde niño. Cada año presento las reivindicaciones de siempre. Ser riojanista, en esencia, es vibrar con La Rioja hasta sentir dolor. Dolor por las carencias actuales, casi las mismas que en 1978: cuando cantábamos «La Rioja existe». De larga tradición decimonónica, el riojanismo no surgió como un capricho identitario pasajero. Fue la necesidad de hacernos visibles entre territorios más grandes y más fuertes, y de defender una personalidad y una cultura propias profundamente arraigadas en la historia y con vocación de futuro, ―demasiado tiempo diluidas entre marcos ajenos y decisiones tomadas desde fuera― para progresar en términos socio económicos. Muchos creímos en la autonomía como motor de esa transformación. Tras cuatro décadas, uno tiene la sensación amarga de que La Rioja ha ejercido su autogobierno con timidez, como pidiendo permiso ―pobres, incluso para pedir―. El riojanismo debe dejar de ser evocación para convertirse en reivindicación porque los déficits son presentes y tangibles. Nos falta peso político en el Estado, una financiación justa y una estrategia valiente que rompa la inercia en la gestión ―La Rioja no puede seguir viviendo por debajo de sus posibilidades―. Cada 9 de junio seguimos escuchando discursos grandilocuentes mientras se pierden oportunidades. Discursos que se repiten año tras año desde el bipartidismo imperante. Frente a ello, el regionalismo riojano ha sido la voz que ha defendido nuestros intereses sin interferencias de tutelas ajenas: las decisiones importantes deben tomarse aquí, por los riojanos, sin rendición de cuentas externas. Por ello, defiendo la vía regionalista como la mejor ruta para el progreso de nuestra tierra. Sería deshonesto no reconocer que el riojanismo atraviesa un declive: tres legislaturas sin diputados regionales ―inconcebible en cualquier otra región―, pérdida de peso en el ámbito municipal y la fragmentación, que han debilitado su capacidad de influencia. Con todo, las razones que lo hicieron necesario siguen plenamente vigentes: La Rioja precisa una voz propia y firme, las carencias no han desaparecido; simplemente, la mirada de quienes nos gobiernan posee una miopía política inducida desde Madrid. Se evidencia una escasa capacidad de reivindicación; donde antes existía clara voluntad de proteger lo propio, hoy predomina el conformismo. Nuestra comunidad se ha resignado a ocupar un lugar secundario. El Partido Riojano se halla inmerso en un proceso de desgaste ya descrito. El error estratégico de diluir siglas en coaliciones ajenas en 2023 aceleró la hemorragia, provocando una tensión interna que terminó por debilitarlo aún más. Lejos de corregir rumbo, intenta sobrevivir desde 2025 mediante un funambulismo ideológico difícil de sostener. La decisión de «abrir puertas y ventanas» a antiguos militantes de la ultraderecha ha terminado por desvirtuar el proyecto. No hay principios en quien confunde el regionalismo con un mero refugio para mantener la poltrona. Este viraje hacia el oportunismo ha consumado la deriva: el sector progresista ―enraizado con los fundadores del partido― ha preferido marcharse a casa antes que validarla. Lo que queda hoy es un espacio roto y desnaturalizado. El riojanismo no nació para alimentar carreras políticas personales, sino para defender a los riojanos con honestidad y firmeza. Su razón de ser era colectiva, no individual. Priorizar la permanencia en el poder abre una brecha entre los principios fundacionales y la práctica política. Un nuevo partido regionalista ―PLRi (Por La Rioja)― ha surgido como escisión del Partido Popular. En él se han integrado también antiguos miembros del PR+, que abandonaron la formación en 2023. El resultado es un mosaico heterogéneo que, por el momento, no ha contribuido a clarificar ni a fortalecer el espacio regionalista. La paradoja es que, mientras otras regiones fortalecen su identidad como palanca de desarrollo, en La Rioja se instala la idea de que reivindicar lo propio es incómodo o innecesario. Se confunde prudencia con pasividad, moderación con renuncia. Y así, de manera silenciosa, se pierde terreno. Quizá lo más preocupante no sea la debilidad del riojanismo, sino la pérdida de esperanza en su recuperación. Cada vez son menos las voces que creen posible articular un proyecto común ambicioso. Y sin esperanza, cualquier intento de transformación nace ya derrotado. Nos queda una pregunta inevitable: ¿a quién podemos votar quienes, siendo riojanistas, no nos reconocemos en la deriva del propio riojanismo? Y sigue pesando sobre esta tierra el «torpe sueño» que ya advertía Doralio en 1796. Logroño 9 de junio de 2026 Ðía de La Rioja Ignacio Achútegui Conde Escritor y divulgador Versión Tribuna, un 25 % más breve. Puedes leer esta versión en papel en la pág. 23 del diario. También on line pinchando el enlace de LaRioja.com Y puedes leer la versión íntegra en mi propio blog. |

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